domingo, 23 de marzo de 2025

"Si mi papá se entera, me mata" vs "Déjame llamar a mi papá": Lo que Adolescence nos enseña sobre confianza, percepción y errores que sí duelen.


Muchos vieron Adolescence y salieron diciendo lo mismo: “el padre tuvo la culpa”. Y sí, lo entiendo. Cuando algo sale mal con un hijo, lo más fácil es mirar hacia arriba en el sistema: “¿dónde estaban los papás?”. Pero cuando uno se sienta a ver esa historia con algo de paciencia, y sobre todo con los lentes de la psicología del desarrollo, social y sistémica, lo que se encuentra no es negligencia… sino algo más sutil, más común, y más peligroso: un sistema que no calibró bien sus fronteras internas.


El adolescente de la serie sí tenía un apego seguro con su papá. No es que le faltara cariño, ni presencia. Ese padre estaba ahí. Pero lo que no tenía el muchacho era algo todavía más frágil: confianza percibida para acudir a su padre cuando estaba en crisis. Ahí es donde el modelo estructural de Minuchin ilumina: cuando las fronteras familiares son muy rígidas —no por frialdad ni por maldad, sino a veces por falta de tiempo, estrés o torpeza emocional— los hijos no sienten que pueden acercarse. No es que el padre no hubiera respondido. Es que el hijo construyó la realidad de que no podía contar con él.


Como dice el meme:

"Si mi papá se entera, me mata"

cuando lo que todos quisiéramos que nuestros hijos digan es:

"Estoy en problemas… déjame llamar a mi papá."


Ese quiebre no es solo emocional. Es estructural. Y no se corrige con más presencia física ni con castigos más duros. Se corrige construyendo confianza cotidiana. En los momentos pequeños, donde el niño o adolescente siente que puede decir la verdad sin miedo a perder el vínculo.


El problema es que muchos no tienen ese espacio, y lo buscan afuera. Así fue como el compañero del joven —el que le dio el cuchillo— se convirtió en su figura de referencia. Y ahí pensé: ese niño creó un espacio de guía y confianza con quien no debió. Pero eso no lo hace culpable. Eso nos pasa a muchos. Porque nadie nos enseña a elegir amistades. Nadie nos dice que no todo el que nos escucha está calificado para guiarnos. En mi propia vida he tenido suerte, pero reconozco que estuve en riesgo. Y como dice Glasser, mis errores son míos. Yo soy responsable de mis decisiones, no mis padres. Los padres casi siempre hacen lo mejor que pueden con lo que tienen.


Y eso me lleva a otra escena: el graffiti. El padre intenta limpiarlo con agua y jabón. Y uno como mecánico o ex-plomero piensa al instante: “¡Eso sale con WD-40, hermano!” Un químico básico que está en toda caja de herramientas… pero él no lo sabía. Ni siquiera el muchacho que atendía la ferretería lo supo. Ahí me di cuenta: la ignorancia no es del individuo, es del sistema. Una sociedad que no comparte sabiduría, que no forma a sus jóvenes, que no pasa herramientas prácticas —ni emocionales— de generación en generación, es una sociedad que va rumbo al colapso.


La crianza es igual. El error no fue de maldad. Fue de falta de herramientas. El padre intentó limpiar con lo que tenía. El problema no es que falló… es que nadie le enseñó cómo hacerlo mejor.


Y aquí entra otra capa: el modelo constructivista de Kelley. No importa qué tan presente estés si tus hijos no te perciben como accesible. Esa es la clave. La presencia emocional no se mide en horas, se mide en la calidad del vínculo percibido. Por eso digo que la tarea del padre no es estar solamente. Es que su hijo sepa que puede contar con él sin miedo. Que si está metido en un lío, sepa que la primera llamada puede —y debe— ser a casa.


También vale subrayar algo fundamental: las palabras de un padre construyen el mundo emocional de sus hijos. Si yo no le digo a mi hija lo bonita que es, entonces ¿desde dónde va a construir su autopercepción? Quizá desde el silencio, o peor, desde las palabras de otros. Las palabras de afecto, de afirmación, no son detalles: son referencias internas que amortiguan la crítica externa. Son un buffer contra la percepción maladaptativa que tantos adolescentes arrastran.


Hay un momento clave en la serie. Después del acto violento, el muchacho seguía repitiendo que no lo hizo. Y, aunque eso puede parecer negación o manipulación, lo que vi fue otra cosa: un joven que realmente no entendía la consecuencia real de sus actos. En su mente, ese ataque no era asesinato. No porque fuera frío o cruel, sino porque su pensamiento aún no podía integrar la magnitud irreversible de quitarle la vida a alguien.


Muchas veces he pensado que estos “maliantitos de cartón” —como tristemente vemos en Puerto Rico, cuando un joven mata a otro por una motora— no tienen ni idea de lo que implica matar a alguien. Como si una motora tuviera más valor que una vida. Pero no es solo ignorancia. Es una falla de desarrollo moral y afectivo. Es un sistema que no enseñó lo que vale la vida porque nunca mostró cómo se cuida la de uno mismo.


Cuando el joven dice “yo no lo hice ”, puede que esté buscando alivio a una disonancia interna. Según Festinger, la disonancia cognitiva ocurre cuando hay un conflicto entre lo que haces y lo que crees de ti mismo. Si yo me creo una persona buena pero hago algo terrible, me veo forzado a cambiar algo: o acepto que soy malo (lo cual es devastador), o reinterpreto lo que hice. “Fue un accidente”, “ella me provocó”, “no era mi intención”, son definiciones que nos damos. No es excusa, pero sí explicación de cómo la mente protege al yo cuando la culpa es demasiado grande.


Y aquí es donde también debemos mirar el sistema penal juvenil. Hay estudios contundentes que demuestran que las cárceles para adolescentes no rehabilitan: muchas veces empeoran las conductas. En lugar de contener la agresión, la multiplican. En lugar de promover empatía, normalizan el lenguaje violento. En lugar de reparar, castigan sin reflexión. El encarcelamiento juvenil puede servir como “escuela de antisocialidad” cuando no se acompaña de un enfoque restaurativo y clínico. Es por eso que castigar sin entender el proceso interno del joven es solo sembrar más daño.


Además, cuando un menor enfrenta cargos serios, entra en juego la psicología forense. En Estados Unidos, un psicólogo forense evalúa si el joven tiene la capacidad de entender los cargos y colaborar con su defensa. No se trata de diagnosticar, sino de valorar competencia legal. ¿Entiende lo que hizo? ¿Puede sostener un juicio justo? ¿Tiene el desarrollo cognitivo y emocional para procesar lo que está ocurriendo? Estas evaluaciones son vitales, porque justicia sin comprensión no es justicia. Es castigo vacío.


Adolescence no trata sobre un padre que falló. Trata sobre lo que pasa cuando el sistema familiar no logra construir puentes de confianza internos, y el adolescente termina construyéndolos con quien no debe. Y eso no es solo una historia de ficción. Es la historia de muchos. Incluso de los que hemos tenido suerte.


Porque como sociedad, no estamos enseñando a elegir vínculos. No enseñamos a confiar. No enseñamos a reparar. Solo sabemos castigar y culpar. Y mientras tanto, seguimos criando generaciones que prefieren esconder su dolor antes que pedir ayuda.


Por eso escribo esto. Porque a veces sí estaba el WD-40 en la caja… solo que nadie nos enseñó a usarlo.



miércoles, 12 de marzo de 2025

Microagresiones, bullying y xenofobia.

Durante un compartir social reciente, experimenté un episodio de discriminación que me dejó reflexionando sobre las microagresiones y los mecanismos de defensa que muchas personas utilizan para ocultar sus verdaderas motivaciones. En esa ocasión, fui discriminado inicialmente por mi identidad como puertorriqueño, y luego, curiosamente, por mis tatuajes. La misma persona que mostró actitudes xenófobas cambió su discurso, enfocándose en mis tatuajes como si estos fueran el problema real, desviando así la conversación y, probablemente, sus propios conflictos internos.


Este tipo de comportamiento encaja perfectamente en el concepto de microagresiones. Las microagresiones son acciones o comentarios sutiles, a menudo inconscientes, que refuerzan prejuicios y perpetúan desigualdades. Aunque parecen inofensivas, tienen un impacto significativo en quienes las reciben. Lo que me llamó la atención fue cómo la situación comenzó a transformarse en un patrón de bullying. El bullying no siempre es directo o agresivo; también puede ser sutil y disfrazarse de "bromas" o comentarios aparentemente inofensivos que buscan desestabilizar o desacreditar a la persona objetivo.

En mi caso, lo que inició como un rechazo hacia mi identidad cultural se desplazó hacia mis tatuajes, convirtiéndose en una forma de acoso encubierto. Esto refleja claramente el mecanismo de desplazamiento descrito por Freud. Cuando una emoción o impulso inaceptable, como la xenofobia, no puede expresarse abiertamente, se redirige hacia un objetivo más accesible o socialmente aceptable. Criticar mis tatuajes era una forma más "segura" de expresar ese rechazo sin parecer explícitamente xenófobo.

También observé un patrón de reacción formativa, otro mecanismo de defensa freudiano. La persona pudo haber intentado proyectar una imagen de apertura y curiosidad hacia mi identidad o mis tatuajes, cuando en realidad reprimía un rechazo más profundo. Es una forma de protegerse de sus propios impulsos intolerantes mientras intenta mantener una fachada socialmente aceptable.

Desde mi perspectiva, no me engancho en los discursos iniciales porque, en la mayoría de los casos, las personas no saben lo que realmente sienten ni por qué lo expresan de esa manera. Lo que vemos en la superficie es solo la punta del iceberg; las verdaderas motivaciones están ocultas bajo capas de procesos inconscientes. Esto me permite observar con calma las dinámicas que se desarrollan y explorar sus implicaciones sin dejarme llevar por la reacción emocional inmediata.

El hecho de haber experimentado discriminación en diversas formas a lo largo de mi vida me ha sensibilizado a reconocer estos patrones en los demás. Es como si tuviera una brújula interna que me permite detectar la discriminación y entender que, muchas veces, no es un ataque personal, sino una proyección de los conflictos internos de la otra persona. La discriminación rara vez tiene que ver con el objeto del rechazo y mucho más con lo que la persona rechaza en sí misma.

El bullying también puede entenderse como una proyección de inseguridades y ansiedades internas. Los agresores suelen dirigir su acoso hacia personas que perciben como diferentes o amenazantes de alguna manera. Al criticar mis tatuajes, esa persona intentaba desplazar su incomodidad interna hacia un aspecto visible de mi identidad. Lo curioso es que, en situaciones de bullying, la víctima muchas veces termina ocupando un lugar simbólico en el mundo interno del agresor: se convierte en un espejo de aquello que el agresor no puede aceptar en sí mismo.

Podría hacer una analogía con los tatuajes. Cada tatuaje que llevo tiene un significado personal y es una expresión de mi identidad. Sin embargo, para alguien que no me conoce, esos tatuajes pueden ser interpretados como símbolos que desencadenan sus propios prejuicios y temores. Del mismo modo, las microagresiones y el bullying son marcas invisibles que las personas llevan consigo, resultado de las experiencias y enseñanzas que han internalizado a lo largo de sus vidas. Lo que proyectan hacia los demás no es más que un reflejo de esas marcas internas.

En última instancia, creo que las microagresiones, el bullying, y los mecanismos de defensa como el desplazamiento y la reacción formativa son formas de lidiar con la incomodidad que genera lo diferente. Vivimos en una sociedad que teme lo que no puede categorizar fácilmente, y ese miedo se traduce en prejuicios, rechazos y acoso. Sin embargo, también creo que, al reconocer estas dinámicas y explorarlas desde una perspectiva psicológica, podemos desarmar esos mecanismos y fomentar una mayor comprensión y empatía.

La próxima vez que alguien me discrimine, seguiré haciendo lo que he aprendido: no engancharme en el discurso superficial, observar con detenimiento, y entender que detrás de cada acto de rechazo hay una historia inconsciente que merece ser explorada. Esto no solo me permite proteger mi bienestar emocional, sino también contribuir a un cambio de perspectiva en quienes me rodean.

Al final del día, el verdadero cambio empieza cuando reconocemos que la intolerancia y el acoso que vemos en los demás no son más que espejos de sus propias batallas internas. Es en esa comprensión donde reside la posibilidad de transformar las microagresiones y el bullying en oportunidades para el crecimiento personal y social.


sábado, 1 de marzo de 2025

Benito Massó: La Voz que Revivió la Afrodescendencia en Puerto Rico



La comunidad afropuertorriqueña perdió a uno de sus grandes luchadores en la noche del jueves 16 de marzo de 2017. Benito Massó Jr., conocido entre sus amigos como Benny Massó, falleció a los 80 años, dejando un legado invaluable en la literatura y en la reivindicación de la identidad afrodescendiente en la isla. No fue solo un escritor, sino un espejo en el que muchos nos miramos por primera vez con orgullo. Benny nos enseñó a vernos, a reconocernos y a celebrarnos en un país donde, durante mucho tiempo, lo negro fue relegado a los márgenes de la historia.

Aunque su formación académica fue en contabilidad y psicología industrial, su verdadero llamado llegó cuando, en la Universidad del Sagrado Corazón, descubrió la redacción creativa como un canal para expresar su identidad. No tardó en darse cuenta de que la literatura no solo era un arte, sino también una forma de resistencia, una trinchera desde donde podía narrar la historia de los invisibilizados. En sus escritos, la negritud no era un tema más, sino el centro, la esencia, la raíz de su ser y de su pueblo.

Tuve la fortuna de conocerlo y puedo decir que mi perspectiva sobre mi propia afrodescendencia cambió radicalmente después de nuestras conversaciones. Recuerdo una vez, en una de nuestras charlas sobre identidad, le dije sin pensarlo demasiado: "Es que yo no me veo tan negro". Me miró con esa expresión que mezclaba paciencia con determinación y me respondió: "El problema no es cómo te veas, sino cómo te aceptas". Esa frase se quedó conmigo como un eco que resonó hasta que entendí la profundidad de sus palabras. No se trataba de la tonalidad de mi piel, sino de la desconexión que muchos sentimos con nuestra herencia, producto de un sistema que nos enseñó a minimizarla.

Benny tenía una manera única de conectar con las personas. Nunca imponía, pero siempre dejaba una semilla de duda que tarde o temprano germinaba en conciencia. En otra ocasión, durante una lectura de su obra, alguien le preguntó por qué insistía tanto en hablar de lo negro si “ya nadie ve eso como un problema en Puerto Rico”. Su respuesta fue tan simple como contundente: “¿Nadie lo ve? ¿O a nadie le gusta verlo?”. Esa noche entendí que el silencio y la negación son las herramientas más sutiles del racismo, y que figuras como Benny eran imprescindibles para romperlas.

Su famoso verso, “Negro es mi color, qué bonito me queda”, no era solo poesía; era un manifiesto de amor propio, una declaración de orgullo y un recordatorio de que nuestra historia no comienza con la esclavitud, sino con la resistencia. En su voz, en su pluma, en sus gestos, siempre había una afirmación inquebrantable de nuestra herencia africana.

En este Mes de la Negritud, su ausencia se siente, pero su legado sigue vivo. No hay lucha que termine con la muerte de un luchador. Al contrario, su obra y sus palabras nos han dado el impulso para seguir conectando con nuestra identidad, para seguir construyendo espacios donde la afrodescendencia no sea solo recordada, sino celebrada. Benny nos enseñó que la historia no se reescribe con tinta, sino con conciencia. Y es nuestra responsabilidad continuar lo que él empezó.


Benito Massó: The Voice That Revived Afro-Caribbean Identity in Puerto Rico

The Afro-Puerto Rican community lost one of its greatest advocates on the night of Thursday, March 16, 2017. Benito Massó Jr., known among his friends as Benny Massó, passed away at the age of 80, leaving behind an invaluable legacy in literature and the fight for Afro-Caribbean identity on the island. He was not just a writer—he was a mirror in which many of us saw ourselves for the first time with pride. Benny taught us to see, recognize, and celebrate ourselves in a country where Blackness had long been pushed to the margins of history.

Although his academic background was in accounting and industrial psychology, his true calling emerged when he discovered creative writing at the University of the Sacred Heart. He quickly realized that literature was not just an art form but also a form of resistance—a battleground where he could tell the stories of the invisible. In his writings, Blackness was not just a theme; it was the center, the essence, the very root of his being and his people.

I was fortunate to know him, and I can say that my perspective on my own Afro-Caribbean heritage changed radically after our conversations. I remember one particular discussion about identity when, without much thought, I told him, "I don’t really see myself as that Black." He looked at me with a mix of patience and determination and responded, "The problem isn’t how you see yourself, it’s how you accept yourself." That phrase stayed with me, echoing in my mind until I understood the depth of his words. It wasn’t about the tone of my skin but rather about the disconnection that many of us feel from our heritage—something ingrained in us by a system that teaches us to minimize it.

Benny had a unique way of connecting with people. He never imposed his views, but he always planted a seed of doubt that would eventually grow into awareness. During one of his book readings, someone asked him why he insisted so much on talking about Blackness if “no one sees that as a problem in Puerto Rico anymore.” His response was as simple as it was powerful: "No one sees it? Or does no one like to see it?" That night, I realized that silence and denial are among the most insidious tools of racism, and that figures like Benny were essential in breaking them.

His famous verse, “Negro es mi color, qué bonito me queda” ("Black is my color, and it looks so good on me"), was not just poetry; it was a manifesto of self-love, a declaration of pride, and a reminder that our history does not begin with slavery but with resistance. In his voice, in his writing, in his very presence, there was always an unshakable affirmation of our African heritage.

This Black History Month, his absence is deeply felt, but his legacy remains alive. No struggle ends with the passing of a fighter. On the contrary, his work and words have given us the strength to keep connecting with our identity, to continue building spaces where Afro-Caribbean heritage is not just remembered but celebrated. Benny taught us that history is not rewritten with ink but with awareness. And it is our responsibility to continue what he started.