jueves, 10 de abril de 2025

Los Estilos del Paralenguaje y la "Labia de Preso" como Forma de Flattery-Speech.



El paralenguaje abarca los aspectos no verbales de la comunicación oral, incluyendo tono, ritmo, volumen y estilo discursivo. Más allá del contenido literal del mensaje, estos elementos influyen en la manera en que una persona es percibida y en su capacidad para persuadir o manipular a los demás. Dentro de este marco, uno de los estilos más notorios y culturalmente significativos en Puerto Rico ha sido el flattery-speech, una modalidad de comunicación persuasiva que se basa en la adulación estratégica, la astucia retórica y la capacidad de leer al interlocutor para modular el mensaje de manera efectiva.


En comunidades como Sabana Abajo, Barrio Colo y otros caseríos de mi pueblo, este tipo de discurso se manifestaba de manera muy particular en lo que se conocía como "Labia de Preso", un estilo que se aprendía al convivir con personas que habían pasado tiempo en prisión o con vendedores formados en los programas de 12 pasos. En ambos casos, la habilidad verbal era esencial: en el contexto carcelario, el dominio de la palabra podía determinar la supervivencia, la jerarquía y la resolución de conflictos; en el ámbito comercial y motivacional, era la clave para convencer y generar confianza en los seguidores.


Este estilo de comunicación no era improvisado ni arbitrario, sino que respondía a patrones bien definidos que podían identificarse en la manera en que se articulaban las frases, la cadencia del discurso y los recursos lingüísticos empleados. Algunos de sus rasgos característicos incluyen:


Ritmo calculado y pausado: La velocidad del habla variaba estratégicamente, con pausas bien colocadas que aumentaban el impacto de las palabras y daban un aire de credibilidad.


Entonación envolvente: Se usaba un tono de voz modulable, oscilando entre la serenidad y la emoción, dependiendo del efecto que se quisiera lograr.


Repeticiones estratégicas: Frases claves se repetían con ligeras variaciones para reforzar una idea y crear un efecto hipnótico en la conversación.


Metáforas y refranes con doble sentido: Expresiones cargadas de simbolismo, muchas veces con raíces en la calle, que establecían un código compartido entre el hablante y el oyente.


Adaptabilidad camaleónica: La habilidad de cambiar el registro y la forma del discurso según el contexto y la audiencia, permitiendo que el hablante se moviera con fluidez en diferentes entornos.



En los años en que este tipo de comunicación era común, se podía distinguir con facilidad a quienes dominaban la "Labia de Preso" de aquellos que solo intentaban imitarla sin éxito. No se trataba solo de qué se decía, sino de cómo se decía. En lugares como los caseríos, las esquinas del barrio o los pequeños comercios, era posible escuchar a exponentes consumados de esta forma de paralenguaje. En la vida cotidiana, esta habilidad era fundamental para establecer alianzas, evitar conflictos o sacar ventaja en una negociación.


Hoy en día, sin embargo, parece que esta distinción se ha diluido. Lo que antes era una estrategia discursiva refinada y efectiva ha sido degradada a lo que algunos llaman "Labia Monga" o "Labia Boba". En lugar de la estructura calculada y la profundidad retórica de la "Labia de Preso", lo que se observa en muchos espacios contemporáneos es un discurso predecible, sin matices y con menor capacidad de persuasión. La interacción verbal ha perdido gran parte de la sofisticación que la caracterizaba, y esto podría estar relacionado con una disminución en las habilidades cognitivas de la población.


Estudios recientes han señalado una tendencia preocupante en el declive de ciertas capacidades intelectuales. Investigadores de las universidades de Northwestern y Oregon analizaron datos entre 2006 y 2018 y encontraron una caída en las puntuaciones de coeficiente intelectual (CI), especialmente en jóvenes de 18 a 22 años (La Nación, 2023). Aunque este estudio se centró en Estados Unidos, es razonable preguntarse si en Puerto Rico ocurre algo similar. Actualmente, la isla ocupa el puesto 75 en la clasificación global de coeficiente intelectual por países, con un CI promedio de 82 (Datos Mundial). Si bien no hay datos longitudinales específicos sobre la evolución del CI en Puerto Rico, la degradación de ciertos estilos comunicativos podría ser una manifestación de este fenómeno.


Es posible que diversos factores estén influyendo en este cambio. La digitalización de la comunicación, con su énfasis en la inmediatez y la simplificación del lenguaje, ha reducido la necesidad de desarrollar habilidades verbales complejas. La disminución de interacciones cara a cara en entornos informales ha limitado la transmisión de estos estilos discursivos de generación en generación. La educación formal, por su parte, ha priorizado otros aspectos del desarrollo cognitivo, dejando de lado la enseñanza de estrategias comunicativas más sofisticadas.


Más allá de un simple cambio en la manera de hablar, esta transformación podría ser indicativa de un proceso más profundo de empobrecimiento en la capacidad de estructurar y procesar la información verbal. Si la persuasión y la negociación dependen de habilidades lingüísticas que antes se aprendían de manera natural en la convivencia diaria, la ausencia de estos modelos puede generar un déficit en la manera en que las personas interactúan y construyen relaciones sociales.


La "Labia de Preso" no solo era un fenómeno lingüístico, sino también un reflejo de la astucia social y la capacidad de adaptación de quienes la dominaban. No distinguirla más, o verla diluida en una versión menos efectiva, podría ser un síntoma de una transformación más amplia en la estructura cognitiva y cultural de la sociedad puertorriqueña. Si bien las dinámicas de comunicación han cambiado con la digitalización y la inmediatez de las interacciones, el dominio del paralenguaje sigue siendo una herramienta valiosa para la persuasión, la negociación y la expresión cultural.


Revitalizar estas competencias no implica regresar a un modelo de comunicación arcaico, sino reconocer la importancia de la riqueza lingüística en la interacción humana. La pérdida de habilidades como la "Labia de Preso" podría estar privando a las nuevas generaciones de herramientas fundamentales para la construcción del discurso, la negociación social y el desarrollo del pensamiento estratégico.

lunes, 7 de abril de 2025

Learning Gender: Revisiting Social Learning Theories in the Age of Affirmation



As a clinical psychologist who practices affirmative therapy, I hold ethical responsibility to both validate the lived experiences of my patients and to ground my practice in the best available scientific evidence. This dual commitment—to person and to science—requires continuous reflection, especially in areas as nuanced and evolving as gender identity development.


Several psychological theories offer robust frameworks for understanding how gender identity is shaped—not solely as an internal truth awaiting discovery, but as a dynamic process influenced by learning, development, and social context. Among these, social learning theory and its derivatives continue to offer indispensable insights. Regardless of the version, all social learning theories emphasize the role of environmental reinforcement and modeling in the formation of gendered behaviors. Bussey and Bandura’s (1999) social cognitive theory specifically highlights the importance of imitation and reinforcement: children observe gendered behaviors in peers and adults, imitate them, and receive praise when those behaviors align with societal expectations.


Bem’s (1981) gender schema theory adds a cognitive-developmental perspective by suggesting that children develop internal frameworks—schemas—for organizing information related to gender. These schemas guide what they attend to, how they interpret social interactions, and ultimately, how they define themselves. Children as young as three categorize objects, activities, and roles by gender, often rigidly. And Bem’s distinction between gender-schematic and gender-aschematic individuals reminds us that gender salience is not evenly distributed—early reinforcement and exposure shape the degree to which gender becomes a central lens for interpreting self and others.


Despite the strength of these models, they are often absent from current public and clinical discourse around gender identity development. There is a growing emphasis—particularly among some cultural and academic elites—on the affirmative model, which centers the subjective experience of gender identity and encourages early affirmation. While this model rightly prioritizes dignity, safety, and emotional validation, it sometimes risks bypassing developmental and contextual considerations that social learning theory brings to light.


This is where I locate the tension—and the ethical demand. I affirm my clients because affirmation is an essential vehicle for psychological safety, resilience, and healing. But I also know that identities, including gender identity, develop over time and are shaped by complex social, familial, and symbolic systems. The Dutch model provides a powerful example of developmental pacing. By advocating for observation and exploration until late adolescence, it recognizes the ongoing plasticity of identity formation and cautions against premature categorization or intervention.


Thus, I ask: If gender is, at least in part, socially learned, why have we not created models that teach gender with intention, reflection, and developmental care? Why do we hesitate to provide children with tools to understand, question, and explore their identities over time rather than rush to affirm what may be a transient or externally influenced perception?


Affirmative therapy, at its ethical core, is not about uncritical affirmation. It is about protecting the right to explore without shame, while also holding space for the time, contradictions, and social dimensions that identity development entails. Practicing affirmatively requires more than affirmation—it requires reflection, science, and an acknowledgment that development is not linear or immune to influence.


We must ensure that our clinical models preserve the child’s right to mature, to question, to resist, and to change. This is not at odds with affirmation—it is the most ethically responsible version of it.


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Como psicólogo clínico que practica la terapia afirmativa, tengo la responsabilidad ética de validar las experiencias vividas de mis pacientes y, al mismo tiempo, de fundamentar mi práctica en la mejor evidencia científica disponible. Este compromiso dual—con la persona y con la ciencia—me exige una reflexión constante, especialmente en áreas tan complejas y en evolución como el desarrollo de la identidad de género.


Varias teorías psicológicas ofrecen marcos sólidos para comprender cómo se forma la identidad de género—no solamente como una verdad interna que espera ser descubierta, sino como un proceso dinámico influido por el aprendizaje, el desarrollo y el contexto social. Entre estas, las teorías del aprendizaje social siguen siendo fundamentales. Independientemente de su versión, todas coinciden en que los comportamientos de género se aprenden a través de la observación, la imitación y el refuerzo diferencial. La teoría sociocognitiva de Bussey y Bandura (1999), por ejemplo, propone que los niños observan a adultos y pares del mismo género, imitan sus conductas y reciben refuerzos positivos cuando estas coinciden con las normas sociales de género.


Por otro lado, la teoría del esquema de género de Bem (1981) introduce una dimensión cognitiva al sugerir que los niños organizan sus experiencias e información en esquemas de género que les permiten percibir, codificar e interpretar la realidad. A los tres años, muchos ya han interiorizado esquemas que asocian, por ejemplo, camiones con niños y muñecas con niñas. Bem también propuso que las personas difieren en la medida en que utilizan estos esquemas: los esquemáticos de género tienden a guiar su conducta y juicios basados en el género, mientras que los asesquemáticos se orientan por otros criterios. Esta diferencia se explica, en parte, por la exposición temprana a normas de género y el refuerzo recibido al cumplirlas.


A pesar del valor explicativo de estas teorías, hoy en día rara vez se aplican en el discurso clínico y social sobre la identidad de género. En su lugar, ha cobrado fuerza un enfoque afirmativo que centra la experiencia subjetiva de la identidad de género y promueve su validación temprana. Si bien este modelo cumple una función importante al proteger la dignidad y seguridad emocional de la persona, también puede pasar por alto aspectos críticos del desarrollo cognitivo y social.


Aquí es donde reconozco una tensión, pero también una responsabilidad ética. Afirmo a mis pacientes porque la afirmación es un vehículo fundamental para la seguridad psicológica, la resiliencia y la salud mental. Pero también entiendo que la identidad—incluida la de género—se forma en el tiempo, en interacción con redes sociales, familiares y simbólicas. El modelo holandés ofrece un ejemplo clínico valioso: propone esperar hasta la adolescencia tardía para tomar decisiones médicas, reconociendo que la identidad está aún en formación y que el desarrollo requiere tiempo, observación y acompañamiento.


Entonces me pregunto: Si aceptamos que el género se aprende socialmente, ¿por qué no hemos desarrollado modelos que enseñen el género de forma crítica, reflexiva y progresiva? ¿Por qué en ocasiones se privilegia la afirmación inmediata sin integrar las herramientas que nos ofrecen décadas de teoría del desarrollo?


Algunos sectores académicos y culturales han promovido el enfoque afirmativo de manera acrítica, sin considerar suficientemente los modelos que explican cómo se aprende el género. Esta omisión puede llevarnos a afirmar identidades aún en construcción, sin facilitar el espacio para que el niño o adolescente explore, cuestione o incluso cambie con el tiempo.


La terapia afirmativa, en su esencia ética, no se trata de afirmar sin pensar. Se trata de proteger el derecho a explorar sin culpa, de validar sin apresurar, y de acompañar sin imponer. Afirmar no significa concluir, sino sostener el proceso en su complejidad. La afirmación verdadera no niega el aprendizaje: lo integra.


Debemos asegurarnos de que nuestros modelos clínicos protejan el derecho del niño y del adolescente a madurar, a cuestionar, a resistirse y a transformarse. Esto no contradice la afirmación—es su forma más ética y científica.



Diagnóstico no es destino: separar naranjas de manzanas



En el mundo de la psicología clínica, el diagnóstico cumple una función importante: permite comprender con mayor profundidad los procesos mentales y emocionales de las personas, establecer un lenguaje común entre profesionales, y trazar un plan de intervención que responda a las verdaderas necesidades del paciente. Sin embargo, cuando ese diagnóstico deja de ser una herramienta y comienza a vivirse como una identidad inamovible, puede convertirse en un obstáculo para el crecimiento. Cada vez es más común encontrar personas que, de manera explícita o sutil, comienzan a utilizar su diagnóstico como una justificación permanente para sus errores, reacciones desproporcionadas o dificultades en las relaciones interpersonales.


No se trata de negar la existencia de sufrimiento ni de desvalorizar lo que implica vivir con un trastorno mental o neurodivergencia. Quien ha atravesado un episodio maníaco, una crisis de ansiedad, una desconexión psicótica o un colapso sensorial sabe que hay realidades internas que exceden la voluntad. Sin embargo, también es cierto que no todo en la vida puede atribuirse al diagnóstico. Hay una línea delgada —pero esencial— entre comprenderse y escudarse. A veces, hay que saber separar las naranjas de las manzanas. La naranja representa aquello que no elegimos: la biología, los traumas, los patrones difíciles de regular. La manzana representa aquello que sí podemos trabajar: las decisiones, los límites, la responsabilidad emocional.


En consulta, escuchamos con frecuencia frases como “es que soy bipolar, por eso reaccioné así”, o “yo no puedo cambiar porque tengo trastorno límite”. En otros casos, el diagnóstico de espectro autista es utilizado para justificar un aislamiento total o una falta de empatía que no necesariamente se explica por la condición misma, sino por la falta de herramientas o de disposición para desarrollarlas. Incluso en casos más severos, como la esquizofrenia, donde hay delirios, alucinaciones y una desconexión profunda con la realidad, hemos visto a personas que logran mantener estabilidad, vínculos significativos y proyectos de vida con el tratamiento y apoyo adecuado.


Ser diagnosticado con un trastorno del espectro autista, por ejemplo, puede implicar una dificultad real en la interpretación de claves sociales, una sensibilidad sensorial elevada y una tendencia a la rigidez cognitiva. Pero eso no significa que cada reacción impulsiva o desconectada emocionalmente esté exenta de reflexión o posibilidad de aprendizaje. Tener un trastorno bipolar conlleva altibajos significativos en el estado de ánimo, que pueden nublar el juicio y alterar la percepción. Sin embargo, no toda conducta destructiva puede ser atribuida al ciclo del trastorno. Existe la posibilidad, y también la responsabilidad, de aprender a reconocer señales tempranas, establecer rutinas estables y aceptar ayuda cuando es necesario.


Lo mismo ocurre con la esquizofrenia. A pesar de su gravedad, muchos pacientes logran vivir con dignidad y sentido cuando se sienten acompañados, comprendidos y desafiados con respeto. El problema surge cuando la cultura —ya sea social, familiar o incluso terapéutica— refuerza la idea de que el diagnóstico es destino. Cuando se pierde de vista que hay aspectos del comportamiento que, aunque estén influenciados por una condición, no están determinados exclusivamente por ella.


En tiempos donde la salud mental se ha visibilizado más, también ha emergido un nuevo riesgo: romantizar el diagnóstico, convertirlo en una identidad fija, un escudo contra cualquier llamado a la responsabilidad. Pero madurar emocionalmente implica reconocer que uno puede tener más dificultades que otros sin por eso dejar de hacerse cargo. Que uno puede haber recibido una baraja complicada en la vida, pero aún así tiene la tarea de aprender a jugarla con dignidad y consciencia.


Por eso es necesario repensar la forma en que hablamos de los trastornos, tanto en espacios clínicos como en lo cotidiano. No basta con ofrecer contención y diagnóstico; hace falta también ofrecer dirección. La comprensión no debe excluir el compromiso. Escuchar con empatía no debe impedirnos señalar los lugares donde el paciente se esconde de sí mismo. Acompañar a alguien en su sufrimiento también implica ayudarlo a reconocer lo que sí puede cambiar, aunque sea un poco, aunque sea con dificultad.


El objetivo no es culpar, sino abrir posibilidades. Enseñar que una persona puede vivir con un diagnóstico sin convertirse en él. Que no está condenada a repetir patrones solo porque tiene un nombre clínico que los explica. Que la identidad profunda no es “ser bipolar” o “ser esquizofrénico” o “ser autista”, sino ser una persona que vive con eso, pero que también puede elegir cómo relacionarse con el mundo, consigo misma y con los demás.


Porque, al final del día, lo que define nuestra humanidad no es la ausencia de dificultades, sino la forma en que las enfrentamos. Y la psicología, bien entendida, no es la ciencia de justificar conductas, sino el arte de acompañar procesos de transformación. Por eso, separar las naranjas de las manzanas no es negar el diagnóstico. Es honrarlo sin rendirse a él.

domingo, 6 de abril de 2025

El poder que desviste: la gobernadora y su espejo inconsciente.


Lo ocurrido con la Gobernadora de Puerto Rico en un reciente evento público —cuando, en medio de una presentación, se le expusieron los glúteos frente a cámaras y ciudadanos— ha sido ampliamente discutido en redes sociales. Muchos lo han visto como una oportunidad para el chisme o el escarnio, pero yo propongo otra lectura, más profunda: lo simbólico.

No es burla. No es bullying. Es evidencia. Lo que ocurrió no es un simple accidente de vestuario, es una representación involuntaria de lo que muchas personas sienten respecto a su gestión: una figura fuera de control, desconectada de su entorno, que ya no puede sostener ni la imagen que intenta proyectar. Como psicólogo clínico, aprendo cada día que los actos comunican más que las palabras, y este suceso comunica poderosamente.

Como personaje público, la Gobernadora ha demostrado que el poder no siempre transforma: a veces solo amplifica lo que ya estaba ahí. Sus discursos hostiles hacia los detractores, su falta de apertura al diálogo, y su tendencia a rodearse de aliados que refuerzan una narrativa rígida, han creado una atmósfera de defensa narcisista. Se gobierna desde el yo, no desde el nosotros.

La imagen —la de su trasero expuesto ante el país— resuena inconscientemente con otras figuras de la cultura popular. No puedo evitar pensar en Bart Simpson bajándose los pantalones para burlarse de la autoridad, o en el decadente Joffrey Baratheon de Game of Thrones, cuyo ejercicio del poder solo sirvió para revelar su fragilidad interna.

El cuerpo de la mandataria no es el foco. Lo que importa es lo que su imagen revela del Estado y su conducción. Puerto Rico no necesita más espectáculos. Necesita dirección. Necesita introspección. Y necesita líderes que no se desvistan, literal ni simbólicamente, ante su gente.

Porque, al final, el poder no solo revela quiénes somos. También nos desviste. Y cuando eso ocurre, es el pueblo quien queda mirando, perplejo, la verdad que ya no se puede tapar.

miércoles, 2 de abril de 2025

Dilemas éticos y clínicos en la psicología forense: Reflexiones sobre la implicación emocional del profesional y la capacidad de comprensión del adolescente infractor


El capítulo de la serie Adolescence, centrado en la psicóloga forense y su interacción con un adolescente acusado de homicidio, presenta un dilema ético y clínico profundamente humano: ¿hasta qué punto el profesional puede —o debe— evitar implicarse emocionalmente en un caso que, por su naturaleza, despierta resonancias internas? Y más aún, ¿qué sucede cuando el acto de evaluación —supuestamente objetivo y limitado a constatar capacidades— se convierte también en un catalizador de transformación emocional en el evaluado?

Antes de continuar, es importante aclarar que escribo desde mi rol como psicólogo clínico con licencia provisional bajo supervisión. Aunque he tenido el privilegio de recibir formación en fundamentos de psicología forense, incluyendo cursos con la Dra. Lilia Romero, no soy psicólogo forense ni pretendo ofrecer una lectura especializada desde esa ciencia. Mis reflexiones surgen desde mi experiencia clínica trabajando con adolescentes en procesos terapéuticos complejos, muchos de ellos marcados por actos impulsivos, defensa psíquica intensa, y dificultades para asumir responsabilidad emocional.

Desde el inicio del caso, se observa que la psicóloga forense tiene el encargo específico de evaluar la capacidad del adolescente para comprender la naturaleza y consecuencias de los actos que se le imputan. Es decir, su rol no es intervenir terapéuticamente, sino constatar si el menor tiene competencia mental para enfrentar el proceso legal. Sin embargo, a lo largo de sus interacciones, se percibe cómo ella se va involucrando emocionalmente, mostrando signos claros de contratransferencia: su asombro, su afectación visible al final, e incluso su expresión de alivio o tristeza cuando el adolescente finalmente logra conectar con la realidad de sus acciones.

Este fenómeno no es raro ni necesariamente patológico. Las ciencias humanas, como la psicología clínica y forense, no pueden despojarse del elemento relacional. Aun cuando el marco forense exige neutralidad y objetividad, el vínculo humano se filtra entre las rendijas del discurso técnico. En palabras de Irvin Yalom, todo encuentro terapéutico (y podríamos decir, también evaluativo) es un encuentro entre dos subjetividades. Por lo tanto, la aparente neutralidad del evaluador forense siempre está atravesada por su humanidad.

El dilema se agudiza cuando el adolescente, que durante la mayor parte de las sesiones niega haber cometido el crimen, finalmente acepta la realidad. Este cambio no ocurre por una confrontación legal, sino a través del proceso de diálogo con la psicóloga. Ella lo confronta con preguntas, lo acompaña emocionalmente, y poco a poco logra que él abandone la negación como mecanismo de defensa y tolere la angustia de reconocerse autor de un acto irreversible. En este punto, la función de evaluación se convierte, de facto, en una intervención psicoterapéutica.

El conflicto ético aquí radica en que, al provocar ese insight —aunque no intencionalmente—, la psicóloga también afecta el curso judicial. Su evaluación ya no es sólo una constatación de la capacidad actual del adolescente para enfrentar juicio, sino que se convierte en parte de la cadena causal que permite que él reconozca su culpa. Esto puede interpretarse, en el campo forense, como una influencia indebida o como una contaminación del proceso evaluativo.

Sin embargo, más allá de las reglas formales, este caso permite discutir una cuestión más profunda: la comprensión real que los adolescentes tienen de la magnitud de sus actos. El homicidio cometido ocurre en un contexto de rage, de desbordamiento emocional. El adolescente parece no haber meditado las consecuencias ni actuar con premeditación. Incluso después del acto, utiliza mecanismos defensivos infantiles como la negación o la disociación. Esta reacción es común en adolescentes que, aunque cognitivamente puedan explicar lo que es la muerte o la ilegalidad de un acto, emocionalmente no están preparados para tolerar las consecuencias internas de haber dañado a otro ser humano.

Ejemplos clínicos y sociales ilustran este fenómeno. Muchos adolescentes involucrados en “hit and run” (atropellar y huir) no son psicópatas ni fríos criminales; son jóvenes abrumados por el miedo, el shock, y la incapacidad de sostener el peso de lo ocurrido. De forma similar, cuando un joven rompe una ventana con una piedra y huye, no es porque no sepa que lo que hizo fue incorrecto, sino porque no tiene aún los recursos internos para enfrentar las consecuencias de su impulso. Incluso muchos adultos recurren a estos mecanismos de evasión, lo cual nos habla de la fragilidad de nuestra psique frente a lo irreversible.

El adolescente de la serie parece encarnar esta estructura defensiva: niega porque aceptar sería devastador. Es sólo cuando la psicóloga logra generar una alianza suficiente y un espacio emocional seguro que él puede tolerar esa verdad interna. Pero ahí es donde la línea profesional se vuelve difusa: ¿está evaluando o está tratando?

Este dilema no tiene una única respuesta. Algunos profesionales argumentarían que la psicóloga debió limitarse a la exploración cognitiva del caso, sin facilitar insight. Otros sostendrían que, si el proceso evaluativo genera un cambio positivo, eso también es parte del valor ético de nuestra profesión. Lo que es claro es que, en contextos forenses, el profesional debe ser especialmente cuidadoso en distinguir entre acompañar y transformar, entre evaluar y tratar.

En conclusión, el capítulo muestra cómo, incluso en entornos jurídicos, la psicología sigue siendo una ciencia del alma, del sufrimiento humano, y de las defensas psíquicas. La tarea del profesional, forense o clínico, no es despojarse de su humanidad, sino saber cómo gestionarla con integridad, claridad ética y compasión. Tal vez no haya dilema más humano que ese.

domingo, 23 de marzo de 2025

"Si mi papá se entera, me mata" vs "Déjame llamar a mi papá": Lo que Adolescence nos enseña sobre confianza, percepción y errores que sí duelen.


Muchos vieron Adolescence y salieron diciendo lo mismo: “el padre tuvo la culpa”. Y sí, lo entiendo. Cuando algo sale mal con un hijo, lo más fácil es mirar hacia arriba en el sistema: “¿dónde estaban los papás?”. Pero cuando uno se sienta a ver esa historia con algo de paciencia, y sobre todo con los lentes de la psicología del desarrollo, social y sistémica, lo que se encuentra no es negligencia… sino algo más sutil, más común, y más peligroso: un sistema que no calibró bien sus fronteras internas.


El adolescente de la serie sí tenía un apego seguro con su papá. No es que le faltara cariño, ni presencia. Ese padre estaba ahí. Pero lo que no tenía el muchacho era algo todavía más frágil: confianza percibida para acudir a su padre cuando estaba en crisis. Ahí es donde el modelo estructural de Minuchin ilumina: cuando las fronteras familiares son muy rígidas —no por frialdad ni por maldad, sino a veces por falta de tiempo, estrés o torpeza emocional— los hijos no sienten que pueden acercarse. No es que el padre no hubiera respondido. Es que el hijo construyó la realidad de que no podía contar con él.


Como dice el meme:

"Si mi papá se entera, me mata"

cuando lo que todos quisiéramos que nuestros hijos digan es:

"Estoy en problemas… déjame llamar a mi papá."


Ese quiebre no es solo emocional. Es estructural. Y no se corrige con más presencia física ni con castigos más duros. Se corrige construyendo confianza cotidiana. En los momentos pequeños, donde el niño o adolescente siente que puede decir la verdad sin miedo a perder el vínculo.


El problema es que muchos no tienen ese espacio, y lo buscan afuera. Así fue como el compañero del joven —el que le dio el cuchillo— se convirtió en su figura de referencia. Y ahí pensé: ese niño creó un espacio de guía y confianza con quien no debió. Pero eso no lo hace culpable. Eso nos pasa a muchos. Porque nadie nos enseña a elegir amistades. Nadie nos dice que no todo el que nos escucha está calificado para guiarnos. En mi propia vida he tenido suerte, pero reconozco que estuve en riesgo. Y como dice Glasser, mis errores son míos. Yo soy responsable de mis decisiones, no mis padres. Los padres casi siempre hacen lo mejor que pueden con lo que tienen.


Y eso me lleva a otra escena: el graffiti. El padre intenta limpiarlo con agua y jabón. Y uno como mecánico o ex-plomero piensa al instante: “¡Eso sale con WD-40, hermano!” Un químico básico que está en toda caja de herramientas… pero él no lo sabía. Ni siquiera el muchacho que atendía la ferretería lo supo. Ahí me di cuenta: la ignorancia no es del individuo, es del sistema. Una sociedad que no comparte sabiduría, que no forma a sus jóvenes, que no pasa herramientas prácticas —ni emocionales— de generación en generación, es una sociedad que va rumbo al colapso.


La crianza es igual. El error no fue de maldad. Fue de falta de herramientas. El padre intentó limpiar con lo que tenía. El problema no es que falló… es que nadie le enseñó cómo hacerlo mejor.


Y aquí entra otra capa: el modelo constructivista de Kelley. No importa qué tan presente estés si tus hijos no te perciben como accesible. Esa es la clave. La presencia emocional no se mide en horas, se mide en la calidad del vínculo percibido. Por eso digo que la tarea del padre no es estar solamente. Es que su hijo sepa que puede contar con él sin miedo. Que si está metido en un lío, sepa que la primera llamada puede —y debe— ser a casa.


También vale subrayar algo fundamental: las palabras de un padre construyen el mundo emocional de sus hijos. Si yo no le digo a mi hija lo bonita que es, entonces ¿desde dónde va a construir su autopercepción? Quizá desde el silencio, o peor, desde las palabras de otros. Las palabras de afecto, de afirmación, no son detalles: son referencias internas que amortiguan la crítica externa. Son un buffer contra la percepción maladaptativa que tantos adolescentes arrastran.


Hay un momento clave en la serie. Después del acto violento, el muchacho seguía repitiendo que no lo hizo. Y, aunque eso puede parecer negación o manipulación, lo que vi fue otra cosa: un joven que realmente no entendía la consecuencia real de sus actos. En su mente, ese ataque no era asesinato. No porque fuera frío o cruel, sino porque su pensamiento aún no podía integrar la magnitud irreversible de quitarle la vida a alguien.


Muchas veces he pensado que estos “maliantitos de cartón” —como tristemente vemos en Puerto Rico, cuando un joven mata a otro por una motora— no tienen ni idea de lo que implica matar a alguien. Como si una motora tuviera más valor que una vida. Pero no es solo ignorancia. Es una falla de desarrollo moral y afectivo. Es un sistema que no enseñó lo que vale la vida porque nunca mostró cómo se cuida la de uno mismo.


Cuando el joven dice “yo no lo hice ”, puede que esté buscando alivio a una disonancia interna. Según Festinger, la disonancia cognitiva ocurre cuando hay un conflicto entre lo que haces y lo que crees de ti mismo. Si yo me creo una persona buena pero hago algo terrible, me veo forzado a cambiar algo: o acepto que soy malo (lo cual es devastador), o reinterpreto lo que hice. “Fue un accidente”, “ella me provocó”, “no era mi intención”, son definiciones que nos damos. No es excusa, pero sí explicación de cómo la mente protege al yo cuando la culpa es demasiado grande.


Y aquí es donde también debemos mirar el sistema penal juvenil. Hay estudios contundentes que demuestran que las cárceles para adolescentes no rehabilitan: muchas veces empeoran las conductas. En lugar de contener la agresión, la multiplican. En lugar de promover empatía, normalizan el lenguaje violento. En lugar de reparar, castigan sin reflexión. El encarcelamiento juvenil puede servir como “escuela de antisocialidad” cuando no se acompaña de un enfoque restaurativo y clínico. Es por eso que castigar sin entender el proceso interno del joven es solo sembrar más daño.


Además, cuando un menor enfrenta cargos serios, entra en juego la psicología forense. En Estados Unidos, un psicólogo forense evalúa si el joven tiene la capacidad de entender los cargos y colaborar con su defensa. No se trata de diagnosticar, sino de valorar competencia legal. ¿Entiende lo que hizo? ¿Puede sostener un juicio justo? ¿Tiene el desarrollo cognitivo y emocional para procesar lo que está ocurriendo? Estas evaluaciones son vitales, porque justicia sin comprensión no es justicia. Es castigo vacío.


Adolescence no trata sobre un padre que falló. Trata sobre lo que pasa cuando el sistema familiar no logra construir puentes de confianza internos, y el adolescente termina construyéndolos con quien no debe. Y eso no es solo una historia de ficción. Es la historia de muchos. Incluso de los que hemos tenido suerte.


Porque como sociedad, no estamos enseñando a elegir vínculos. No enseñamos a confiar. No enseñamos a reparar. Solo sabemos castigar y culpar. Y mientras tanto, seguimos criando generaciones que prefieren esconder su dolor antes que pedir ayuda.


Por eso escribo esto. Porque a veces sí estaba el WD-40 en la caja… solo que nadie nos enseñó a usarlo.